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sábado, 2 de julio de 2011

PASA LA VIDA - Maruja Torres



Los lectores voraces invertimos mucho tiempo en perseguir libros. Ocurre, sin embargo, en ocasiones, que los libros se nos aparecen. O bien que nos buscan y nos encuentran cuando más los necesitamos. Haciendo honor a su título ‒que homenajea una gran película de Fernando F. Gómez‒, El extraño viaje (editado por Trabe) se abrió para mí en una tarde de domingo en la que yo penaba por la muerte reciente de un amigo muy antiguo. Y me metí en un trayecto de palabras sencillas, bien elegidas, trabajadas como la vida: por eso el lunes amanecí sin desgarro. Dolorida, pero sin desgarro.

Ovidio Paredes, el autor, tuvo la gentileza de enviarme el volumen cuando acababa de aparecer, en otoño pasado. Yo andaba por entonces metida en el parto de mi propio libro, en esa etapa en que resulta difícil escuchar otra voz que la de una misma; estaba colgada de sus silencios y de la angustia. Como aprecio mucho a Paredes, tras leer el delicado y exacto prólogo que Elvira Lindo le ha escrito, me dije que lo leería sin falta en cuando pudiera dedicarme a otros ámbitos con la concentración que los libros requieren. (Perdónenme una digresión: perdonen si utilizo demasiado las palabras derivadas del verbo leer. Es que no existe sinónimo. Uno puede pergeñar en lugar de escribir, pero leer, solo lee. Es lo bueno que tiene).

Pues bien, era domingo, yo estaba triste, tomé el libro y leí la primera frase: "El desván era el lugar prohibido de la casa". Nada mal para una lectura de viajes, ¿verdad? Ya no pude soltarlo. Suavemente, con palabras muy elegidas ‒las palabras, qué bálsamo‒, me adentré en el viaje de la existencia y del deseo, de los recuerdos y las esperanzas, de las preferencias, de las compañías, del amor, de la pareja, de las luchas contra los prejuicios, de los días negros y los días azules. Lanzaba el libro su engrasado engranaje hacia adelante y hacia atrás, hacia siempre y hacia nunca, y en cada línea la presencia tranquila y reflexiva de Ovidio Paredes se materializaba como la de un grato compañero, o más bien como la de un revisor dotado de poderes que, en un no menos extraño tren, va relatando andenes y vaivenes. Es un libro meandro o recoveco, un libro que cuenta cuentas y no las ajusta, las describe; un libro íntimo.

Recuerda Lindo en su precioso prólogo que esto que leemos encuadernado, con tapas y con páginas ‒con una portada que puede ser Nueva York porque la cruza, rápido, un taxi amarillo‒, ha ido apareciendo en ovidioparedes.blogspot.com, que es el blog en donde Ovidio escribe todas las mañanas, con su plácida gata Francesca muy cerca. Y decreta Lindo, con razón, que estos retazos tan cuidados, tan bien escritos, adquieren, convertidos en libro, unidad. Una extraña unidad, como el viaje, como el tren, como la vida, diría yo.

Pasa la vida, mientras uno lo lee. La del autor, en la que uno se mete y reconoce olores, sabores, lluvias, veranos, rasguños, heridas, amaneceres gloriosos. Aquellas pequeñas cosas, aquellas citas del calendario, aquel dolor puntual, aquella melancolía, aquellas ganas de comerse el mundo, ¡aquella Santa Sebe de Oviedo en donde también yo disfruté de buenos ratos! Aquellos que no están ya, aquellos que siguen en nuestra brecha. Te entra, leyéndolo, una sensación no de conformidad, eso no y nunca, sino de cierto orden en el caos del universo. El orden que ponen, como pueden, los sentimientos nobles, los comportamientos dignos, las personas de bien. Los caídos en desgracia, contemplados y descritos con la mejor compasión. Las grandes pérdidas y las pequeñas alegrías. Las lealtades debidas. Las ciudades amadas. Las personas que uno no conoce, pero a las que observa, cuyas vidas imagina.

Y así, leyendo El extraño viaje, no desapareció el dolor por la muerte de mi amigo, pero se hizo un lugar en la armonía que las bellas y precisas palabras imponen a los acontecimientos horribles que de tanto en tanto nos mutilan. Es muy importante que el dolor, pasada la primera embestida, nos obedezca un poco. Corta la correa, quieto ahí: te conjuro con hermosas palabras, recibidas como un regalo en un triste domingo, mientras pasa la vida.

El País Semanal, 27 de marzo de 2011

G+H= ETARRA - Maruja Torres


Deberíais abochornaros. Sois los terroristas más lerdos del mundo, y mira que hay dónde elegir. Yo había puesto el listón de la cretinez en aquel barbudo que le hacía la pelota a Bin Laden poco después del 11-S, contándole que su señora esposa había tenido un sueño premonitorio en el que veía los atentados a las Torres Gemelas. Pero esta historia de que seguís con la tregua mientras asesináis y, sobre todo, eso de que vuestra intención no era la de matar, como si los explosivos pudieran utilizarse también y únicamente para la depilación en seco, bien, todo ello reduce vuestro espectro encefálico a niveles prejurásicos, en relación con cualquier antecedente de cualquier calaña internacional y de cualquier hemisferio. Sois de una estulticia rayana en lo teo-ilógico: estáis embarazados pero sois vírgenes porque ha venido un angelito y etcétera, etcétera. Deberíais avergonzaros de hacer así el ridículo si no fuera porque, previamente, habéis cometido el crimen que nos impide trataros sólo como lo que también sois: una banda de capullos.
Pero sois unos asesinos. Posiblemente los asesinos más malos e idiotas del planeta. Qué coño una nación para vosotros. No servís ni para ilustrar una historieta. Qué sería de esas mentes vuestras privilegiadas sin explosivos, sin pistolas, sin balas, sin robar coches, sin anónimos, sin ejercer la extorsión, sin amedrentar y sin los bichos de Batasuna y otras garrapatas afines. Claro que tenéis que vivir del cuento nacionalista. Andaríais frescos si os vierais obligados, como los seres humanos normales (es decir, humanos), a ejercer un oficio, estudiar una carrera y no digo ya desarrollar una tesis o hacer oposiciones. Matar obreros, jueces, guardias civiles, políticos, periodistas, catedráticos: eso os da de comer. La maldad. El resto de vuestra capacidad cerebral da lo justo para aguantar la capucha.
No sé por qué los científicos británicos se ufanan de querer inventar un híbrido de humano y animal para sus investigaciones. Aquí ya lo hemos logrado. Es un cruce entre gilipollas y hiena, y responde a la denominación de etarra.
Pero no quiero acabar sin pedir perdón por esta columna a los gilipollas no violentos y a las hienas.
El País, 11 de enero de 2007