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miércoles, 20 de febrero de 2013

De HISTORIA DEL REY TRANSPARENTE - Rosa Montero



¿Sigues escribiendo tu libro de palabras?
La pregunta de Nyneve me sorprende. Me enderezo y la miro. Mi amiga, que también está trabajando en el huerto, descansa apoyada en la azada.
—Sí. ¿Por qué?
—Porque quería regalarte una palabra. La mejor de todas.
—¿Ah, sí? ¿Cuál es?
—Compasión. Que, como sabes, es la capacidad de meterse en el pellejo del prójimo y de sentir con el otro lo que él siente.
—Sí, me gusta. Pero ¿por qué dices que es la mejor?
—Porque es la única de las grandes palabras por la que no se hiere, no se tortura, no se apresa y no se mata... Antes al contrario, evita todo esto. Hay otras palabras muy bellas: amor, libertad, honor, justicia... Pero todas ellas, absolutamente todas, pueden ser manipuladas, pueden ser utilizadas como arma arrojadiza y causar víctimas. Por amor a su Dios encienden los cruzados las piras, y por aberrante amor matan los amantes celosos a sus amadas. Los nobles maltratan y abusan bárbaramente de sus siervos en nombre de su supuesto honor; la libertad de unos puede suponer prisión y muerte para otros y, en cuanto a la justicia, todos creen tenerla de su parte, incluso los tiranos más atroces. Sólo la compasión impide estos excesos; es una idea que no puede imponerse a sangre y fuego sobre los otros, porque te obliga a hacer justamente lo contrario, te obliga a acercarte a los demás, a sentirlos y entenderlos. La compasión es el núcleo de lo mejor que somos... Acuérdate de esta palabra, mi Leola. Y, cuando te acuerdes, piensa también un poco en mí.
 

•••

Compasión: capacidad para sentir el sufrimiento del otro, el miedo del otro, la necesidad del otro. Entendimiento profundo del dolor de los demás que sólo se consigue tras haber entendido el dolor propio.

domingo, 20 de mayo de 2012

LO QUE QUIERO AHORA - Ángeles Caso



Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación al menos la sensación de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

sábado, 10 de marzo de 2012

De LA PARTE DEL MUERTO, de Yasmina Khadra


Cuando el colono se fue, nos perdimos de vista. A fuerza de querer alcanzar a toda costa la luna, hemos renunciado a lo esencial: la generosidad. Brahim, los hombres son como los elefantes. Como den un paso fuera de la manada, van a su ruina. Nos hemos vuelto egoístas. Y hemos cortado las amarras. Creemos que marcamos las distancias con los demás y en realidad vamos a la deriva. Al aislarnos, hemos descuidado nuestros flancos, de modo que cualquier golpe nos sacude de arriba abajo como una estocada. Nos estamos descomponiendo porque hemos elegido maniobrar en solitario. Por mucho que nos desgañitáramos hasta quedarnos sin voz, nadie vendría en nuestra ayuda, pues cada cual escucha solamente su propio canto de sirena.

* * *

A menudo me he preguntado qué habría sido de mí si no me hubiese casado con Mina. Es más que mi esposa, es mi buena estrella personal. Sólo tenerla a mi lado me produce una seguridad increíble. La quiero con locura, pero, en un país donde lo prohibido disputa al harén las palpitaciones del alma, sería mayor locura declarárselo.

sábado, 28 de enero de 2012

EL ARTE DE CONTAR – Javier de Ríos Briz



Todo comenzó un verano, cuando el abuelo Pascual se empeñó en enseñar al pequeño Daniel a sumar. "Para que vaya adelantando trabajo del nuevo curso", dijo como apoyo a su decisión. "Deje al chaval que disfrute de las vacaciones, padre", rebatió Marisa, la madre de Daniel, "que para eso ya están los maestros".
Pero no hubo manera, el abuelo Pascual era y sigue siendo muy testarudo, y si se le mete una idea en la cabeza, no ha nacido el mortal que pueda disuadirle de seguir adelante con ella.
Así que fue a buscar la arrugada libreta que su mujer usaba para apuntar los litros de leche que vendían a los vecinos, y el flamante bolígrafo que le había regalado días atrás el comercial de la casa de piensos. El abuelo Pascual sentó al niño en sus rodillas, que accedió a recibir una improvisada clase de matemáticas sin rechistar, y empezó a escribir con grandes caracteres: 50.
—¿Sabes qué número es éste, Dani?
—Sí, abuelo, el cincuenta.
—Sí señor, muy bien, chaval.
Debajo del primer cincuenta, escribió otro idéntico, y debajo de ellos trazó una línea más o menos recta, con esmero, como si se enfrentara a una obra de artesanía. Después procedió a hacer la suma, mientras le explicaba al niño en voz alta lo que estaba haciendo, intentando adoptar un estilo lo más didáctico posible: que si cero más cero es cero, que si cinco y cinco diez, y nos llevamos una, y como hemos acabado ponemos el uno delante..., y ya está: cincuenta más cincuenta, cien.
—¿Te has enterado, Dani?
—Sí, pero no me lo creo, abuelo —dijo el niño con esa bendita sinceridad que todos perdemos al entrar en la adolescencia.
—¿Cómo que no te lo crees?
—Como que no me lo creo —aseguró el rapaz testarudo, y después amenazó—: y si no me lo demuestras, no pienso estudiar nunca más.
—¡Jodío crío! —murmuró el abuelo entre dientes.
—¿Qué dices, abuelo?
—¡Nada! Ven aquí conmigo. Vamos a dar un paseo.
Todos los que vieron pasar al abuelo y al nieto, veían sorprendidos cómo ambos se iban agachando de vez en cuando para coger con mimo diminutas piedrecitas, que después introducían con cuidado en una bolsa de plástico que portaba el anciano maestro.
Ya de vuelta en la casa, el abuelo se preparó para dar una clase magistral a su nieto, en la que demostraría la suma que habían hecho antes. Para ello sacaron al pequeño corralillo dos sillas, y el abuelo Pascual comenzó a contar piedrecitas con paciencia.
—...cuarenta y nueve, y cincuenta. Bien, ahora voy a hacer otro montón como éste. ¿Me sigues Dani?
—Sí, abuelo.
El abuelo Pascual hizo dos montoncitos idénticos de cincuenta piedrecitas cada uno, y luego juntó los dos.
—¿Ves? Los he juntado, es decir, los he sumado. Ahora voy a volver a contar las piedrecitas, y ya verás como hay cien.
—Noventa y cinco..., noventa y seis..., noventa y siete..., noventa y ocho..., noventa y nueve..., cien..., y ciento uno. ¡Me cago en la hostia!
—¿Qué dices abuelito?
—Nada, Dani, nada, que algo ha fallado, pero tranquilo, que yo te lo demuestro, como que me llamo Pascual, yo te lo demuestro.
Y con paciencia, separó las pequeñas piedras, volvió a hacer dos montones de cincuenta, volvió a juntarlos y contó de nuevo. El pequeño Daniel no perdía ojo, y seguía extasiado las evoluciones de su abuelo.
—Noventa y siete..., noventa y ocho..., noventa y nueve. ¡Me cago en la mar serena!
—¿Qué pasa abuelo? ¿Que lo de las sumas es mentira? Eso pensaba yo, que es un invento para fastidiar a los niños.
Siete veces más lo hizo aquel mismo día, con diferentes métodos, y las piedras resultaron ser tan testarudas como él. Unas veces contaba noventa y nueve, y otras ciento dos, pero nunca, nunca, cien, ni por casualidad. Siempre hacía primero los dos montones de cincuenta, porque si no la demostración de la suma no sería válida, y al juntarlos nunca hallaba cien piedrecitas.
Por fortuna, el pequeño Daniel no cumplió sus amenazas. Ahora, el pequeño Danielito mide uno noventa y cinco, y está a punto de doctorarse en ciencias exactas. De vez en cuando visita a su abuelo, que sigue allí, en el pueblo.
Ha transcurrido el tiempo, inexorable como siempre, pero no pasa un sólo día sin que el abuelo Pascual cuente sus piedrecitas, siempre con idéntica mala fortuna.
Cuando va de visita, Dani le observa en silencio, pero no se atreve a colaborar; él prefiere creérselo sin más.
—Los matemáticos sólo demostramos las cosas sobre el papel —se suele justificar—, dejamos ese tipo de experiencias a los físicos, o a gente como el abuelo, que tienen tiempo para las pruebas empíricas.
Y el abuelo Pascual sigue a lo suyo, cuenta que te cuenta, porque siempre ha sido muy testarudo. Tal vez lo hace porque si no consigue demostrar esta pequeña suma, pueden derrumbarse otras muchas cosas que él suele dar como ciertas. Creo que ya lleva así veinte años, o tal vez veintiuno, no sé, que es que lo de contar parece fácil, sí, pero como todo, el arte de contar requiere poseer ciertas habilidades, que no todos tenemos.

lunes, 19 de diciembre de 2011

HABLABA Y HABLABA... - Max Aub


Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

domingo, 9 de octubre de 2011

LA PUNTUACIÓN, LA SINTAXIS Y EL AMOR - Leila Macor


Siempre que pongo un punto y coma sonrío. Me acuerdo de un amigo de mi hermano, a quien yo amaba como loca en mi adolescencia, que dijo una vez que un verdadero escritor se reconoce porque sabe usar el punto y coma. Por supuesto comencé a usar frenéticamente el punto y coma, aunque él nunca se dio cuenta de mi pericia puntuadora. Luego, en el colegio, escribía parodias de los poemas que estudiábamos en la clase de Literatura y las pegaba en la cartelera del salón, sólo para ver reír al chico del fondo que me gustaba y que no me hacía el menor caso, excepto cuando leía aquellas burlas gracias a las cuales yo existía un poquito para él. Me enamoré después de un hippie. En consecuencia, un ejército de gnomos, hadas y plagiados cronopios tomó por asalto mis cuadernos, que por fortuna hice desaparecer de la faz de la Tierra. Mi primer novio leía a Nietzsche: en aquel tiempo escribí herméticamente versos oscuros sobre simbólicas tarántulas que hoy día no consigo entender (y creo que en aquel momento tampoco).

El siguiente fue un poeta para quien el punto y coma era tan feo e inelegante como una factura de la luz, los dos puntos un recurso vulgar destinado a un recetario de cocina y los paréntesis una trampa que esconde la incapacidad expresiva del escritor. Así que punto y coma, dos puntos y paréntesis quedaron proscritos de mi escritura durante un par de años. Sólo después de mucho esfuerzo los logré reincorporar. Algunos de los hombres que me gustaron no eran lectores y simplifiqué mis textos; otros eran intelectuales y entonces los academicé, llenándolos de citas de Heidegger y Schopenhauer que tomaba prestadas de mi agenda. Una vez me enamoré de uno que amaba las oraciones cortas y las sentencias desadjetivadas; poco después me enamoré de otro que prefería el barroquismo y las descripciones delirantes: salté de Carver a Carpentier como quien cruza la calle. Después tuve un novio fanático de Rimbaud y de Baudelaire y yo me puse por tanto agresiva y negativa.

Luego vino un chico que odiaba el «sándwich literario», que es cuando se coloca un sustantivo entre dos adjetivos (por ejemplo, la «enigmática casa antigua»). Ergo, me volví implacable con los adjetivos, cacé sándwiches y acabé con todos ellos. El siguiente se la tenía jurada a los adverbios. Decía que son un bastón para apoyar a un verbo que no tiene suficiente fuerza. Saqué adverbios y usé sólo verbos autoválidos. Y otro abogaba por la eliminación de la palabra «como». La luna es un queso, no como un queso. El «como» ensucia la metáfora, decía, porque la transforma en una anodina comparación. Busqué entonces todos los «como» de mis archivos con Find and Replace y los borré de un manotón en el teclado. Luego mi ex esposo se reveló como un gran admirador de Kundera y elogió las metáforas que «caen como un rayo iluminador sobre una escena». Intenté por ende, y durante años, imitar el rayo iluminador de Kundera. Pero ninguno de ellos se enteró jamás, lógicamente, de todo esto que se cocía entre la palabra y yo.

Desde que puedo recordar, la escritura ha sido mi forma más inadvertida, menos eficaz y peor orientada de coquetear.

De su libro Nosotros, los impostores

lunes, 29 de agosto de 2011

RAYUELA (Capítulo 7) - Julio Cortázar



Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

jueves, 21 de julio de 2011

MIEDO DE LA ETERNIDAD - Clarice Lispector


Jamás olvidaré mi aflictivo y dramático contacto con la eternidad.

Cuando yo era muy pequeña todavía no había probado chicles y en Recife casi no se hablaba de ellos. Yo ignoraba qué clase de caramelos o bombones eran. Y hasta el dinero con que contaba no alcanzaba para comprarlos: con el mismo dinero podía conseguir no sé cuántos caramelos.

Al final mi hermana juntó dinero, los compró y al salir de casa para la escuela me explicó:

—Ten cuidado de no perderlo, porque este caramelo nunca se acaba. Dura toda la vida.

—¿Cómo que no se acaba? —me detuve un instante en la calle, perpleja.

—No se acaba nunca, y listo.

Yo estaba embobada: me parecía haber sido transportada al reino de las historias de príncipes y hadas. Tomé la pequeña pastilla color rosa que representaba el elixir del largo placer. La examiné, casi no podía creer en el milagro. Yo que, como otros niños, a veces me sacaba de la boca un caramelo todavía entero, para chuparlo después, sólo para hacerlo durar más. Y heme con aquella cosa rosada, de apariencia tan inocente, que hacía posible el mundo imposible del cual ya había empezado a darme cuenta.

Con delicadeza, terminé poniéndome el chicle en la boca.

—¿Y ahora qué hago? —pregunté para no equivocarme en el ritual que ciertamente tenía que existir.

—Ahora chupa el chicle para ir saboreando su dulzor, y sólo cuando se le vaya el gusto empieza a masticar. Y ahí mastica por toda la vida. A no ser que los pierdas, yo ya perdí varios.

Perder la eternidad. Nunca.

Lo dulzón del chicle era bueno, no podría decir que excelente. Y, todavía perpleja, nos encaminábamos a la escuela.

—Se acabó lo dulce. ¿Y ahora?

—Ahora mastica por siempre.

Me asusté, no sabría decir por qué. Empecé a masticar y pronto tenía en la boca ese pegote ceniciento de goma sin gusto a nada. Masticaba, masticaba. Pero me sentía a disgusto. Y en verdad no me estaba gustando el sabor. Y la ventaja de ser un caramelo eterno me llenaba de una suerte de miedo, como el que se tiene ante la idea de la eternidad o del infinito.

No quise admitir que no estaba a la altura de la eternidad. Que sólo me producía aflicción. Mientras tanto, masticaba obedientemente, sin parar.

Hasta que no soporté más, y, cruzando el portón de la escuela, me ingenié para que el chicle masticado se cayera al suelo arenoso.

—Mira lo que pasó —dije con fingidos espanto y tristeza. Ahora no puedo masticar más. Se terminó el caramelo.

—Ya te lo dije, repitió mi hermana, que no se termina nunca. Pero una a veces los pierde. Hasta de noche se puede seguir masticando, pero para no tragarlo cuando se duerme se lo pega en la cama. No te pongas triste que un día te doy otro, y ése no lo vas a perder.

Yo estaba avergonzada ante la bondad de mi hermana, avergonzada de la mentira que había tramado al decir que el chicle se me había caído de la boca por casualidad.

Pero aliviada. Sin el peso de la eternidad sobre mí.

TORTURA Y GLORIA - Clarice Lispector


Ella era gorda, baja, pecosa y de cabellos excesivamente crespos. Su busto se volvió enorme, mientras todas nosotras seguíamos chatas. Como si fuera poco, se llenaba los bolsillos de la blusa, por encima del busto, con caramelos. Pero tenía lo que todo niño devorador de historias querría tener: un padre librero.
 
De poco le valía. Y a nosotras menos todavía: incluso para los cumpleaños, en lugar de algún librito, ella nos entregaba una tarjeta postal de la librería de su padre. Y para colmo con el paisaje de Recife, donde vivíamos, con sus puentes. Atrás escribía con caligrafía ornamentada palabras como fecha de nacimiento y saudade.
 
Pero qué talento tenía para la crueldad. Ella era pura venganza, chupando sus caramelos y haciendo ruido. Cuánto nos debía de odiar esa niña, a nosotras que éramos imperdonablemente bonitas, esbeltas, altas, con cabellos sedosos. Conmigo ejerció con calma ferocidad su sadismo. En mi ansia por leer, yo ni notaba las humillaciones a las que ella me sometía: seguía implorándole en préstamo los libros que ella no leía.
 
Hasta que llegó para ella el gran día de empezar a ejercer sobre mí una tortura china. Como sin querer, me informó que tenía As reinações de Narizinho*.

Era un libro grueso, Dios mío, un libro para vivir con él, comiéndolo, durmiendo con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que pasara por su casa al día siguiente y que ella me lo prestaría. Hasta ese día siguiente me transformé en la esperanza misma de la alegría: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave. Al día siguiente fui a su casa, literalmente corriendo. Ella no vivía en un sobrado** como yo, y sí en una casa. No me invitó a entrar. Mirándome fijamente a los ojos, me dijo que le había prestado el libro a otra niña, y que volviese al día siguiente a buscarlo. Boquiabierta, me retiré despacio, pero pronto la esperanza de nuevo me invadía toda y yo retomaba la calle dando saltitos, que era mi modo extraño de andar por las calles de Recife. Esta vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, el día siguiente llegaría, los días siguientes eran toda mi vida, el amor por el mundo me esperaba, y seguí saltando por las calles como siempre sin caerme ni una vez.
 
Bueno, pero no acabó simplemente allí. El plan secreto de la hija del librero era frío y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, sonriente y con mi corazón latiendo. Para oír la fría respuesta: el libro todavía no estaba en su poder, que volviese al día siguiente. No sabía yo, como más adelante con el pasar de la vida, que el drama del día siguiente se repetiría con el corazón latiendo.
 
Y así siguió. ¿Cuánto tiempo? No sé. Ella sabía que era un tiempo indefinido, en tanto la hiel no se escurriese de su grueso cuerpo. Yo había empezado ya a adivinar que me había elegido para que sufriera, a veces adivino. Pero, incluso adivinándolo, a veces acepto: como si quien quiere hacerme sufrir necesitara que yo sufra.
 
¿Cuánto tiempo? Iba todos los días a su casa, sin faltar ni uno siquiera. A veces ella decía: pues al libro lo tuve ayer a la tarde, pero como no viniste, se lo presté a otra nena. Y yo, que no tenía ojeras, sentía que se me formaban bajo mis ojos espantados.
 
Hasta que un día, cuando estaba en la puerta de su casa, oyendo humilde y silenciosa su negativa, apareció su madre. Debía extrañarle la diaria y muda aparición de aquella niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco esclarecedoras. A la señora le parecía cada vez más raro el no poder entender. Hasta que esa buena madre comprendió. Se volvió hacia su hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡pero ese libro nunca salió de esta casa y tú nunca lo quisiste leer! Y lo peor para ella no era esa revelación, sino haber descubierto qué hija tenía. Con real horror nos observaba: la potencia de la perversidad de su hija desconocida, y la niña de pie en la puerta, exhausta, enfrentada al viento de las calles de Recife. Fue entonces que, rehaciéndose, dijo firme y calma a la hija: vas a prestarle ya mismo As reinações de Narizinho. Y me dijo todo lo que jamás me habría atrevido a imaginar. “Y tú te quedas con el libro el tiempo que quieras”. ¿Entienden? Era más que darme el libro: por el tiempo que yo quisiera es todo lo que una persona, pequeña o grande, puede querer.
 
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada, y así recibí el libro en mis manos. Creo que no dije nada. Lo tomé. No, no me fui saltando como siempre. Me retiré caminando muy lentamente. Sé que sostenía el libro con ambas manos, que lo apretaba contra el pecho. Cuánto tiempo me llevó llegar a casa, poco importa. Mi pecho ardía, mi corazón estaba desmayado, pensativo.
 
Al llegar a casa, no empecé a leer. Fingía que no lo tenía, sólo para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas después lo abrí, leí algunas líneas, lo cerré de nuevo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más comiendo pan con manteca, fingí que no sabía dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por algunos instantes. Creaba las más falsas dificultades para aquello clandestino que era la felicidad. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... Había orgullo y pudor en mí. Yo era una reina delicada.
 
A veces me sentaba en la hamaca, me balanceaba con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en purísimo éxtasis. No era ya una niña con un libro: era una mujer con su amante.

* Obra de 1931 de José Bento Monteiro Lobato (1882-1948), famoso escritor de textos para niños.
** Piso de un edificio sobre una planta baja.

lunes, 18 de julio de 2011

CON LAS ALAS DEL ALMA DESPLEGADAS AL VIENTO - Eladia Blázquez


Con las alas del alma desplegadas al viento,
desentraño la esencia de mi propia existencia
sin desfallecer, con ilusión, con asombro,
como en una constante, con esperanza
y con miedo, pero sigo adelante....


Con las alas del alma desplegadas al viento,
porque aprecio la vida en su justa medida,
a la vida la hago instante y eternidad al amor
y al gozar cada intento, sé que vuelo, sé que vivo,
con las alas del alma desplegadas al viento.


Con las alas del alma desplegadas al viento,
más allá del asombro me levanto entre escombros
como lobo estepario, sin perder el aliento
y me voy de las sombras con algún filamento
y me subo a la alfombra con la magia de un cuento.


Con las alas del alma desplegadas al viento
atesoro lo humano cuando tiendo las manos
buscando el encuentro de la esencia más pura,
con la cual me alimento por mi pan de ternura,
con las alas del alma desplegadas al viento.


Con las alas del alma desplegadas al viento,
ante cada llanto de injusticia y desespero
me desangro por dentro, me duele el alma
y me duele la gente, su dolor, sus heridas,
porque así solamente interpreto la vida.

Con las alas del alma desplegadas al viento,
más allá de la historia, de las vidas sin gloria,
sin honor ni sustento
guardaré del que escribe su mejor pensamiento
quiero amar a quien vive con las alas del alma
desplegadas al viento, al viento...


lunes, 11 de julio de 2011

NO ESTÁS DEPRIMIDO, ESTÁS DISTRAÍDO - Facundo Cabral

No estás deprimido, estás distraído.

Distraído de la vida que te puebla. Tienes corazón, cerebro, alma y espíritu, entonces cómo puedes sentirte pobre y desdichado.

Distraído de la vida que te rodea: delfines, bosques, mares, montañas, ríos…

No caigas en lo que cayó tu hermano, que sufre por un ser humano, cuando en el mundo hay 5.600 millones. Además no es tan malo vivir solo, yo la paso bien decidiendo a cada instante lo que quiero hacer y gracias a la soledad, me conozco, algo fundamental para vivir.

No caigas en lo que cayó tu padre, que se siente viejo porque tiene 70 años, olvidando que Moisés dirigía el éxodo a los 80 y Rubinstein, interpretaba como nadie a Chopin a los 90, por sólo citar dos casos conocidos.

No estás deprimido, estás distraído.

Por eso crees que perdiste algo, lo que es imposible porque todo te fue dado, no hiciste ni un solo pelo de tu cabeza, por lo tanto no puedes ser dueño de nada. Además la vida no te quita cosas, te libera de cosas, te aliviana para que vueles más alto, para que alcances la plenitud.

De la cuna a la tumba es una escuela, por eso lo que llamas problemas son lecciones, y la vida es dinámica, por eso está en constante movimiento. Por eso sólo debes estar atento al presente, por eso mi madre decía: “Yo me encargo del presente, el futuro es asunto de Dios”. Por eso Jesús decía: “el mañana no interesa, él traerá nueva experiencia, a cada día le basta con su propio afán”.

No perdiste a nadie, el que murió simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos. Además lo mejor de él, el amor, sigue en tu corazón. Quién podría decir que Jesús está muerto. No hay muerte, hay mudanza, y del otro lado te espera gente maravillosa. Gandhi, Miguel Angel, Whitman, San Agustín, la Madre Teresa, tu abuela y mi madre, que creía que en la pobreza está más cerca el amor, porque el dinero nos distrae con demasiadas cosas y nos aleja porque nos hace desconfiados.

No encuentras la felicidad y… ¡ es tan fácil!. Sólo debes escuchar a tu corazón, antes que intervenga tu cabeza, que está condicionada por la memoria, que complica todo con cosas viejas, con órdenes del pasado, con prejuicios que enferman, que encadenan. La cabeza que divide, es decir, empobrece. La cabeza que no acepta que la vida es como es, no como debería ser.

Haz sólo lo que amas y serás feliz. El que hace lo que ama, está benditamente condenado al éxito, que llegará cuando deba llegar porque lo que debe ser será, y llegará naturalmente.

No hagas nada por obligación, ni por compromiso, sino por amor. Entonces, habrá plenitud, y en esa plenitud todo es posible, sin esfuerzos, porque te mueve la fuerza natural de la vida. La que me levantó cuando se cayó el avión con mi mujer y mi hija. La que me mantuvo vivo cuando los médicos me diagnosticaban 3 ó 4 meses de vida.

Dios te puso un ser humano a cargo, y eres tú. A ti debes hacerte libre y feliz, después podrás compartir la vida verdadera con los demás. Recuerda a Jesús: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Reconcíliate contigo, ponte frente al espejo y piensa que esa criatura que estás viendo es obra de Dios; y decide ahora mismo ser feliz porque la felicidad es una adquisición, no algo que te llegará de afuera. Además, la felicidad no es un derecho sino un deber, porque si no eres feliz, estás amargando a todo el barrio.

Un sólo hombre que no tuvo ni talento ni valor para vivir, mandó matar seis millones de hermanos judíos.

Hay tantas cosas para gozar y nuestro paso por la tierra es tan corto, que sufrir es una pérdida de tiempo.

Tenemos para gozar la nieve del invierno y la flor de la primavera, el chocolate de la Peruggia, la baguette francesa, los tacos mexicanos, el vino chileno, los mares y los ríos, el fútbol de los brasileros y los cigarros de Davidoff, las mil y una noches, La Divina Comedia, El Quijote, Pedro Páramo, los boleros de Manzanero, la poesía de Whitman… Mahler, Brahms, Ravel, Debussy, Mozart, Chopin, Beethoven, Caravaggio, Rembrandt, Velázquez, Cézanne, Picasso y Tamayo… entre tantas maravillas.

Y si tienes cáncer o sida, pueden pasar dos cosas, las dos son buenas. Si te gana, !te liberas del cuerpo que es tan molesto!. “Tengo hambre, tengo frío, tengo sueño, tengo ganas, tengo razón, tengo dudas”. Si le ganas a esto; serás más humilde, más agradecido, por lo tanto fácilmente feliz, libre del tremendo peso de la culpa, la responsabilidad y la vanidad, dispuesto a vivir cada instante profundamente, como debe ser.

No estás deprimido, estás desocupado.

Ayuda al niño que te necesita, ese niño será socio de tu hijo. Ayuda a los viejos y los jóvenes te ayudarán cuando lo seas. Además el servicio es una felicidad segura, así como gozar de la naturaleza y cuidarla para el que vendrá.

El bien es mayoría, pero no se nota porque es silencioso. Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye, hay millones de caricias que alimentan a la vida.

El bien se alimenta de sí mismo. El mal, se destruye a sí mismo. Si los malos supieran qué buen negocio es ser bueno serían buenos aunque sea por negocio…




sábado, 2 de julio de 2011

CARTA A MI COMPAÑERO - Olga Manzano

Me pregunto, amor, si todo esto no es un sueño, una pesadilla, un ir atrás y volver a esta realidad tan dura, tan personal. Mirar el futuro, y nuestros hijos y yo aceptar la realidad.
Me preguntaba si valió la pena estar en un país que es parte nuestra y no lo es, con la mitad de mi sangre española –la de mi padre– y la otra mitad india –la de mi madre–, y tu mezcla de abuela catalana y uruguaya, estas mezclas forzadas, dolorosas. Camino por la casa con un vacío enorme, encontrándome con tus palabras en todos los papeles; en la cocina, la cobaya pide su lechuga, y los perros esperan que les des el arroz de todas las mañanas y te buscan como te buscamos nosotros, mientras la vida se nubla en la higuera y en el ciruelo.
Me pregunto si valió la pena llegar a este país hace 20 años, con una maleta, un niño de ocho meses, dos guitarras, la liberación en el alma, la alegría de haber escapado de las garras de una dictadura monstruosa, criminal, y el dolor por aquellos amigos que quedaban y las familias que pagaron su pecado (Videla estaba con Dios), digo, el pecado de luchar contra las injusticias, luchar por los derechos humanos, por el amor, la igualdad y el deber de vivir por y para los demás, y que ha sido y sigue siendo nuestra religión. Llegar a España; llorar de alegría en una habitación de una pensión; dejar al niño al cuidado de manos fraternas; caminar por las calles sin temor, calles limpias, orden, ropas tendidas en las ventanas, puertas abiertas… Brindábamos con un poco de jamón y unos chatitos por este sueño. Mientras Franco, con su muerte en la mano, sentenciaba los últimos fusilamientos de Burgos, un escalofrío nos recorrió el cuerpo y entendimos ese silencio, ese orden que los españoles llevaban marcado desde hacía 40 años en el alma, en la frente. Nuestros amigos más amigos nos escribían desde allá, desesperados, para unirse aquí con nosotros y liberarse ellos también, y vinieron muchos, no les abandonamos, y entendimos cuál era el mensaje necesario en aquel momento. Gritamos nuestro Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, y los españoles –que se sintieron identificados con los que decíamos– gritaron con nosotros nuestra Carta a un soldado, nuestro Caraballo, y la palabra de Pablo Neruda con la tuya se hermanaba, y nuestra música y nuestras voces, todo se unía, y éramos varios, muchos.
Y extraño fue aquello: no había censura para nosotros, éramos sudamericanos (sudacas fuimos después, con los socialistas), y tuvimos grandes amigos españoles, seguidores de nuestro quehacer. Y la crítica, y los medios, todos nos favorecían. Pero murió Franco y vino el cambio. Empezaba España a vestir nuevas ropas: la democracia esperada por todos, por todos y por nosotros también, que habíamos puesto nuestro granito de arena para que así fuera. Y seguimos cantando al amor, a la belleza, contra las injusticias (ya lo he dicho: ésa es nuestra religión), y fuimos tozudos sin darnos mucha cuenta de que a nuestro alrededor todo cambiaba: aquel abrazo fraternal se convertía en picor, en molestia; empezábamos a molestar: éramos el pasado, y aquí se vivía la euforia, ya no existían los pobres, los olvidados, los parados, los gitanos excomulgados por una sociedad racista. No existía nada, cada año más olvido, cada año tú te agobiabas más, y el asma –tu compañera de toda la vida– aparecía cada vez más cruel. Claro: el aire se empezaba a viciar, estaba impuro.
La angustia más tremenda la sentimos aquella vez por tener la osadía de pedir a los compañeros de otros tiempos, y que ahora eran los señores del poder, una subvención para aquel espectáculo Don Cristóbal de los pájaros –que quería limpiar la vergüenza de esos actos ostentosos del V Centenario denigrante–, en el que tú les imprimiste hasta belleza a esas gentes que fueron a conquistar (una palabra que me ha resultado maldita, será por mi sangre india). Y no gustaba esa idea, y triunfó la mentira, la farsa, una estafa moral a la dignidad humana, que fue la piedra fundamental para tu desmoronamiento. Y allí empezaron tus enfermedades, que duraron cinco años de hospitales, operaciones y angustias económicas. Pero a pesar de esto seguimos cantando al amor, contra la marginación, contra la injusticia, contra las injusticias del mundo.
Nosotros veníamos de países donde el abrazo va unido al corazón, sin olvidarlo al día siguiente; y me extraña escuchar ahora a algunos españoles, cantantes, artistas, que van a nuestros países y se admiran por el recibimiento de nuestras gentes –acostumbrados los españoles ya tenían que estar, por ser uno de los países de más emigración en el mundo entero– y el amor que les profesan en todos lados y el respeto a la labor que hacen.
Aquí jamás nos llamaron para participar en ningún homenaje a Pablo Neruda. ¿Quién cantó en esta España tanto a nuestro poeta como nosotros? En muy pocas ocasiones, por no decir alguna vez, compartimos un escenario con los españoles colegas de luchas anteriores, y no hablo de los de siempre, de los amigos que siempre están, sino de aquellos que hoy van a Cuba, a México, a Argentina, cantando la rebeldía de una manera que ellos creen que es nueva. Nosotros hace años, treinta años, gritábamos denunciando bloqueos e injusticias, y hoy se siente un olor a oportunismo, cantan sus canciones –sus rancheras mexicanas– con textos y músicas de cartón piedra. Nosotros seguimos siendo caducos y tristes.
Tu vida, mi amor, no se la llevó el asma, sino la indiferencia, como lo dejaste escrito en uno de tus últimos poemas. El insulto mayor que puede recibir un hombre en su dignidad es la indiferencia. La noche antes, estuvimos dando nuestro último recital en el teatro Príncipe, a 14 personas puestas en pie que gritaban «¡Bravo!» (todavía tenemos 14 personas con nosotros), y una de ellas gritó: «Las butacas tendrían que pagar vuestra labor».
Yo seguiré cantando algún día en solitario, ya que al irte tú te has llevado el dúo, nuestras voces; y cantaré a un espectador y a las butacas vacías, mientras tú,  en tu carro de troncos, surcarás el espacio azuzando a los caballos, para que el homenaje que los amigos de siempre, los amigos del alma, te ofrecerán, también sea tu homenaje a todos los artistas solitarios –españoles, sudacas, africanos…– que luchan en este país de poca memoria por una forma más digna de vivir. Ojalá nos dejen un espacio pequeño para poder respirar y vivir sin esta vergüenza que ahora tiene mi sangre india de su mitad española.
Olga Manzano, cantante, ha formado dúo con su marido, Manuel Picón, recientemente fallecido.
Publicado en El País, 14 de Octubre de 1994

Olga Manzano y Manuel Picón. Tu risa (adaptación de un poema de Pablo Neruda): Tu risa