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sábado, 2 de julio de 2011

DOCE AÑOS PARA APRENDER A QUERERSE - Rosa Montero



Es verdaderamente guapa. Por debajo de su pelo muy rubio y muy corto chispean unos ojos vivísimos y una boca reidora. Qué alegría desprende Patricia Carmona. Y, sin embargo, ha venido a contarme una historia terrible. "Lo quiero gritar al mundo, quiero que las mujeres sepan que, aunque sea difícil, se puede salir de ello. Quiero que esto sirva para algo". Y "esto" es el dolor y el horror. Patricia tiene 32 años y es de Alcalá de Henares. A los 19 fue acribillada a puñaladas por su novio, un militar, y dejada por muerta. Eso sucedió en enero de 1998. "Entonces los periódicos empezaron a hablar de alarma social". El caso de Patricia fue una de las gotas finales que provocaron la toma de conciencia pública; pocos meses después se aprobó el primer plan de acción contra la violencia doméstica. Desde entonces hasta hoy se ha recorrido un largo trayecto, y Patricia lo ha tenido que ir haciendo paso a paso.

Estudiaba para azafata de vuelo cuando conoció a un chico del barrio de 26 años, paracaidista. A los tres meses de salir juntos ya le pegó una patada en la boca y le partió el labio. Patricia llegó a su casa y mintió: es que me metí en una pelea entre dos amigas... "El problema es que no te aprecias, te sientes culpable, crees que es normal, que te lo mereces... Por eso no reaccionas. En el maltrato doméstico hay que tener claro que la mujer también tiene un problema. No tiene ninguna culpa, ojo, pero sí un problema. Hay algo en ti que te hace soportar todo eso, y necesitas curarte". Aunque el perfil de las maltratadas es muy diverso, tanto en edad como en cultura o clase social (cualquier mujer puede acabar cayendo en ese pozo), el entorno familiar parece ser un ingrediente importantísimo. La familia de Patricia era muy tradicional y nunca fue un apoyo, más bien al contrario. De alguna manera, nadie enseñó a Patricia a quererse a sí misma.

Una oscura tarde de enero, apenas ocho meses después de haber empezado la relación, el paracaidista salió de su casa con un machete escondido en la espalda y se llevó a su novia a un parque solitario. Sacó el cuchillo y amenazó con suicidarse, pero acabó clavándoselo ocho veces a Patricia. Hasta que ella se hizo la muerta. Entonces el tipo se fue, llamó a una ambulancia y se entregó; era un chico que bebía mucho y consumía drogas. A Patricia le han quedado los dedos de la mano izquierda encogidos, porque agarró la hoja del machete para intentar defenderse y se le seccionaron los tendones. Además le tuvieron que extirpar un metro de intestino y el bazo, le reconstruyeron la aorta, sufrió un neumotórax... La operación duró once horas seguidas y estuvo dos veces clínicamente muerta. Pero, increíblemente, sobrevivió. Mientras la metían al quirófano, se aferró a la mano de una enfermera: "No me dejes morir, que soy muy joven", rogó. Y ahora dice: "Estaban todos llorando".

Salir adelante físicamente no fue más que el principio: "Me quedé fatal, porque, por un lado, yo quería perdonarlo". De nuevo el entorno de Patricia no consideraba tan atroz la atrocidad sucedida. Una amiga de la familia, creyendo quizá que la animaba, le dijo: "Esto va a ser como una de mi pueblo, que la pegaron un tiro y ella le perdonó". Así que Patricia escribió a su agresor y fue a verlo a la cárcel, y acabó retirando los cargos contra él. Un comportamiento muy difícil de entender desde fuera, pero que forma parte del abecé de las mujeres maltratadas. Ya por entonces buscó ayuda psiquiátrica, pero aún no se sabía casi nada sobre la violencia doméstica y no sirvió de mucho. Al poco tiempo volvió a caer en otra relación insana con un hombre que le gritaba: "¡Ojalá ese tío te hubiera matado!".

Hasta que, hace seis años, se enteró de que habían creado algo llamado Observatorio de Violencia de Género y se fue a pedir ayuda. "En concreto fui al Punto Municipal del Observatorio regional. Hay Puntos en muchos municipios, lo digo por si le sirve a alguien. Cuando empecé sólo éramos 200 chicas y ahora hay más de 2.000, no dan abasto". En el Observatorio sí conocen el problema y tienen terapeutas expertos. "Fue muy duro, tuve que vaciarme por dentro y empezar de nuevo". Hace seis meses le han dado el alta tras seis años de terapia; vive en un piso con otras dos chicas ("nada más comenzar el tratamiento supe que tenía que salir de mi entorno familiar") y trabaja en una oficina, aunque estudió para auxiliar de clínica veterinaria. Además lleva seis años de relación con un chico normal, que no se droga, que es bueno y tranquilo. Parece un azucarado melodrama de Hollywood con final feliz, pero es una vida real rescatada agónicamente del borde del abismo. Por eso ahora Patricia quiere contar su experiencia, para resaltar la increíble labor que hacen los Observatorios y porque ella ha pasado por todo y se ha aborrecido a sí misma y ha vuelto a caer una y mil veces. Y, sin embargo, sabe mejor que nadie que, pese a todo, es posible salir del agujero. Ha tardado doce años, pero ahora, por fin, es la única dueña de su vida.

El País Semanal, 3 de abril de 2011

TODAS ESAS MUJERES ABUSADAS - Rosa Montero



En Habíamos ganado la guerra (editorial Bruguera), el estupendo libro autobiográfico de Esther Tusquets, me he topado con una anotación que me ha hecho recuperar un recuerdo olvidado de la infancia. Dice la autora que, de pequeña, las películas le parecían algo maravilloso, y que el entusiasmo que sentía al ir los sábados al cine estaba tan sólo ensombrecido por el temor de que el vecino de la butaca contigua intentara meterle mano, algo que le ha ocurrido "desde muy, muy niña y con cierta frecuencia". Y añade: "Me parece que no se ha hablado lo suficiente de las agresiones a que estábamos expuestas las niñas y las adolescentes de la pacata y reprimida España de los años cuarenta y cincuenta (…) no podíamos subir a un tranvía o a un metro repleto sin que, una de cada tres veces, sintiéramos que un pene se restregaba contra nuestros muslos o nuestro vientre, o que una mano se nos introducía entre las piernas. A veces el agresor era descubierto y tenía que salir huyendo, pero lo habitual era que nos escabulléramos, cambiáramos de lugar, nos parapetáramos tras el bolso o la carpeta y calláramos por vergüenza".

Pues sí, exacto, justamente así era, y puedo asegurar que aún pasaba lo mismo en mi época, bien avanzados ya los años sesenta. Me pregunto si el fenómeno después fue remitiendo o si es que simplemente yo crecí. A lo peor ha seguido ocurriendo en los setenta, en los ochenta, puede que incluso ahora. Quizá las niñas hayan tenido que soportar generación tras generación ese asqueroso magreo. Ese abuso constante y silenciado. Sí, callabas por vergüenza, desde luego, porque una de las heridas que produce el abuso es el sentimiento de humillación en la víctima; pero también callabas por miedo. Compañeras más aguerridas que yo, que se atrevieron a protestar en el metro ante un sobón, fueron a menudo insultadas y airadamente replicadas por el agresor ("¡Pero tú qué te has creído, niña, cómo te atreves, qué dices, estúpida, mocosa!"); y a una amiga mía –teníamos por entonces trece años– le atizaron incluso un bofetón. No recuerdo que en estos trances nadie saliera a defendernos en el metro atiborrado de gente; o tal vez sí, tal vez en alguna ocasión alguna mujer mayor rezongara algo en nuestro apoyo. Pero básicamente sabías que estabas sola.

De manera que llevabas integrada en la cabeza una especie de estrategia militar de supervivencia en el terreno enemigo. En los cines de barrio sin numerar, que era a los que entonces se iba, intentabas instalarte junto a una mujer y cubrir los flancos. Te echabas a temblar cada vez que se sentaba junto a ti un hombre solo, y nueve de cada diez veces tenías que cambiarte de fila al poco rato, huyendo de su pierna arrimada y de su mano tonta. Pero lo peor era sin duda el metro. Desde los 10 años hasta los 16, para ir al instituto me hacía sola, cuatro veces al día, un trayecto de seis estaciones. No quisiera exagerar, pero miro hacia atrás y tengo la sensación de que todos los días había algún incidente de este tipo. Una de cada tres veces, dice Esther Tusquets; sí, quizá fuera así. En cualquier caso, era habitual que te sobaran, o que se restregaran contra ti; y también estaba la modalidad verbal, el energúmeno que se abalanzaba sobre ti en los pasillos del metro y te vertía en la oreja rasposas barbaridades que ni siquiera entendías.

Hay dos cosas que me asombran especialmente de todo esto. La primera es el maravilloso nivel de adaptación que tiene el ser humano, la capacidad de resistencia, lo bien que hemos salido, pese a todo, tantas generaciones de mujeres manoseadas. Y la segunda, ahora que lo pienso, es la increíble cantidad de asaltantes sexuales. Por todos los santos, ¡éramos unas niñas! ¿Tantos pederastas había? Me pregunto si la represión sexual y el machismo de la sociedad franquista empeoraban la situación, o si hoy existe el mismo nivel de pedofilia. Tal vez antaño persiguieran crías de una esquina a otra del vagón, y hoy se dediquen a descargar de Internet material pornográfico. Por no hablar del absoluto horror del asesinato de Mari Luz. Sí, aquellos hombres eran muchos, demasiados. Tantos, que no podían considerarse excepcionales, sino que formaban parte del paisaje social. ¿Tendrían una esposa, hijos, hijas? ¿Se creerían normales? ¿Estará alguno de ellos leyendo esto? ¿No se le caerá la cara de vergüenza?

La nación, 4 de mayo de 2008

EL DOLOR DE PERDERTE - Rosa Montero


El azar, siempre tan caprichoso, ha hecho que haya leído seguidos dos estupendos libros de tema muy semejante. Los dos tratan de la muerte y de la pérdida; los dos cuentan el difícil duelo ante la desaparición de un ser querido. Uno es El año del pensamiento mágico, de Joan Didion (Global Rythm Press), un fascinante y sobrio relato (su estilo es tan austero y tan frío que quema) de los meses posteriores a la muerte de su marido, con quien había vivido cerca de cuarenta años. El otro es Un hombre de palabra (Alfaguara), un libro conmovedor, inteligente y tumultuoso con el que la escritora catalana Imma Monsó recuerda al hombre con quien compartió la vida durante dieciséis años y habla del traumático vacío de su ausencia.

Son dos textos limpios, dos textos sinceros que ayudan a entender mejor los entresijos de la pena. La vida no trae instrucciones de uso y cuesta muchísimo aprender cada uno de los saberes fundamentales de la existencia. Y no hay más que dos vías para hacerlo: o bien empeñando nuestra carne en ello, es decir, con la propia experiencia, un proceso lento y con cicatrices, o bien observando la experiencia ajena. Por eso siempre me han gustado las biografías y los libros de memorias, porque son como mapas de navegación del mar de la vida, con sus estrechos, sus bajíos y sus escollos, con sus horizontes hermosos y sus calmas chichas. Joan e Imma nos hablan en sus libros de la más negra tormenta. De esa clase de tempestad que te lleva al borde del naufragio.

Para mí, ya digo, son dos obras necesarias y honestas. Y, sin embargo, hay una vieja discusión sobre el arte y el uso que los artistas hacen de sus penas y sus duelos personales. Por ejemplo, oí infinidad de críticas cuando, en 1994, Isabel Allende publicó Paula, un libro de memorias que era como una carta dirigida a su hija Paula, muerta en 1992 de porfiria, una enfermedad especialmente terrible. Y también el gran músico Eric Clapton fue apaleado de manera inclemente cuando grabó en 1992 su bellísima canción Tears in Heaven, dedicada a la memoria de su hijo, un niño de cuatro años que había muerto meses antes al caerse desde la ventana de un rascacielos neoyorquino. Por citar tan sólo dos ejemplos entre otros muchos del arte originada por la presión candente de la propia pena.

Tanto el libro de Allende (que, por cierto, no he leído) como la canción de Clapton fueron grandes éxitos comerciales, y eso es lo que les resulta más inquietante a algunas personas, que tienen la sensación de que hacer algo así convierte al artista en una especie de buitre carroñero, capaz de sacar provecho económico o de otro tipo (ay, la vanidad) hasta de las penas más cercanas. Y es verdad que en este mundo estridente y superficial en el que vivimos hay más de un ave de rapiña de este tipo, capaz de sacarse el hígado (o sacárselo a su madre) y cortarlo en finas rebanadas en un programa en directo en la tele, por ejemplo, con tal de llevarse un pellizco de euros y de sucia fama.

Pero también creo que los artistas, dicho sea en minúsculas y sin mitificar, se dedican a lo que se dedican porque no saben vivir de otro modo. Ése es su gran recurso existencial, y sin las muletas, sin el sostén de su obra, serían individuos incompletos e incapaces de sobrevivir ni un solo día. De manera que, cuando el dolor aprieta y amenaza con desbaratarles, acuden al único modo que conocen de poder aguantar y manejar ese sufrimiento: convertirlo en una canción, en un texto, en una película. Ya lo dice Imma Monsó en su libro, refiriéndose a los literatos: "Para nosotros, [escribir es] el más sólido de los medios para conjurar el vacío".

Y del vacío hablan Imma y Joan. De un vacío repentino que es como una mutilación. Dicen los expertos que los duelos tienen cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. En estos dos libros hay referencias a todas estas emociones, pero también hay mucho más, infinitas sutilezas del vivir. Por ejemplo, hay el retrato de dos relaciones sentimentales ricas, plenas, cómplices, duraderas.

Leyendo Un hombre de palabra y El año del pensamiento mágico uno siente envidia de esas dos parejas. Y del largo tiempo que se disfrutaron. ¿Qué es mejor, querer tanto a alguien y perderlo, o no haber tenido una relación así y por consiguiente no sufrir? Cada cual que escoja. Yo, personalmente, prefiero la vida, aunque escueza y duela.

El País Semanal, 17 de diciembre de 2006